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Fotos : norte de Luzón y Manila
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| Philippines - Luzon North & Manila |
Las Filipinas : el norte de Luzón y Manila
Desde el principio del viaje el tiempo se nos ha ido volando, y desde que hemos llegado a las Filipinas esta sensación se ha acentuado aun más si cabe. Los 21 días que hemos pasado en este país nos han permitido hacernos una idea, pero nos hemos quedado sin visitar regiones enteras. Cuando pensamos que hay quién nos decía antes de comenzar el viaje que un año es muy largo y que nos íbamos a terminar por aburrir...
Hemos dedicado la segunda parte de nuestra estancia en Filipinas a explorar el norte de Luzón, la isla principal del archipiélago. Nos mezclamos en el ambiente de unas fiestas patronales, vimos un concurso de culturismo, visitamos una antigua ciudad colonial española en la que los edificios han sobrevivido milagrosamente los avatares del siglo XX. Aprovechamos también para pasar unos días con Barnabé (un colega de universidad de Karim), Mathilde y sus dos niñas en Baguio, gracias a los cuales hemos aprendido unas cuantas cosas y curiosidades de la vida cotidiana en las Filipinas.
Hemos dedicado la segunda parte de nuestra estancia en Filipinas a explorar el norte de Luzón, la isla principal del archipiélago. Nos mezclamos en el ambiente de unas fiestas patronales, vimos un concurso de culturismo, visitamos una antigua ciudad colonial española en la que los edificios han sobrevivido milagrosamente los avatares del siglo XX. Aprovechamos también para pasar unos días con Barnabé (un colega de universidad de Karim), Mathilde y sus dos niñas en Baguio, gracias a los cuales hemos aprendido unas cuantas cosas y curiosidades de la vida cotidiana en las Filipinas.
Coronamos nuestro paso por la 'Cordillera' entre pueblos donde se cultiva arroz en terrazas desde hace más de 2000 años y donde los ataúdes se cuelgan de las paredes de roca o a la entrada de cuevas. Es una costumbre pre-colonial que ha sobrevivido hasta finales del siglo XX gracias al aislamiento de la región (aunque la práctica ha casi desaparecido bajo la influencia de iglesias como la anglicana que se han extendido por la zona en las últimas décadas).
El caso es que habíamos comenzado el día tranquilamente visitando el cementerio chino. Es un sitio curioso en el que mausoleos, mil veces más lujosos que cualquier casa de los alrededores, tienen baños e incluso buzones de correo (no vaya a ser que al difunto le entren ganas de hacer sus necesidades o se quede sin leer alguna carta póstuma). El guía, un señor de lo más simpático y dicharachero, nos habló de una competición de peleas de gallo en la vecindad. Las peleas de gallo siendo como son una institución en Filipinas, allá que fuimos a curiosear. Donde nos esperábamos un lugar lúgubre donde no seríamos bienvenidos, terminamos en la zona de los propietarios de gallos, que nos instalaron casi dentro del ring. Las peleas no suelen durar más que un par de minutos durante los cuales los gallos se tiran el uno al otro hasta que uno muere. Las plumas que se arrancan vuelan por el aire (como en la canción de Radio Futura que, con tanto gallo cacareando por todas partes, no se me ha ido de la cabeza desde que desembarqué en este país). Aunque es un espectáculo un tanto sanguinolento tengo que reconocer que, visto de cerca, me ha resultado menos espeluznante que las corridas de toros. Además, para nosotros, el espectáculo estaba casi más en la zona de combate que fuera, en el frenesí del público apostando (con tanto movimiento de brazos uno se creería en Wall Street) y de los 'casadores' (anotadores de apuestas) antes de cada pelea, y en los billetes doblados en bolas volando de un lado de las gradas al acabarse ésta.
En las Filipinas se utiliza el alfabeto latino, se come con cuchara y tenedor en vez de con palillos, hay bastantes palabras españolas que han entrado a formar parte de las lenguas locales y preparaciones culinarias típicas de nombre español y gusto filipino. La gente, las calles y las ciudades tienen también a menudo nombres hispánicos. Añadamos a ésto el clima subtropical, la fisionomía de los habitantes y los adornos y mensajes piadosos en los medios de transporte. Juntando todos estos factores, se puede comprender porque al llegar al país teníamos a veces la impresión de estar de vuelta en América del sur, en algún sitio entre Ecuador y Bolivia, en vez de en Asia. Seguro que en nuestros próximos destinos, Hong Kong y Macau, no corremos el mismo riesgo.
Bea
Fotos : Visayas y Bicol
Haz click en la imagen para acceder a las fotos que tomamos durante los primeros diez días en las Filipinas :
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| Philippines - Visayas, Bicol |
Las Filipinas : primeros pasos en el sudeste asiático
Aunque los paisajes magníficos de Nueva Zelanda y la abundancia de vida salvaje en Australia nos han encantado, se trata de países muy occidentales y anglosajones : muy limpios, muy organizados y muy reglamentados. Hacia el final de nuestro paso por Australia, empezábamos a echar de menos los colores, la animación y la espontaneidad típica de América del sur.
Estábamos de suerte porque, en unas pocas horas de vuelo, el panorama cambió radicalmente : pasamos de los 21 millones de habitantes repartidos en todo el territorio australiano a los 11 millones que se aglutinan en Manila, de un lugar de casas y jardines cuidadísimos al reinado de la chapuza y el descuido, de los autobuses urbanos de Sydney a los jeepneys y a los triciclos decorados al gusto del propietario (cuanto más originales y cantosos mejor) y de los gritos de las cacatúas al canto de los gallos (sonido que nos ha perseguido por todas partes, incluso en el aeropuerto y en los ferrys, donde los gallos de combate viajan en cajas de cartón individuales).

Las Filipinas es un archipiélago compuesto de unas 7000 islas. Habiendo decidido dejar Manila para el final, comenzamos nuestra visita del país buceando en los arrecifes de coral de la isla Apo. De allí bogamos hacia la isla de Bohol para admirar un curioso relieve de colinas bautizado “Chocolate Hills” y para ver el primate más pequeño del mundo, el tarsero (no más grande que la palma de la mano y que parece de manera sospechosa al personaje del Yoda). También aprovechamos la estancia en la isla para pasar unos días en la jungla, en la rivera del río Loboc. A continuación, le llegó el turno a la región de Bicol, donde fuimos a nadar con los tiburones-ballena y a ver humear el volcán Mayon, que tan sólo unas semanas antes de nuestra llegada estaba, de nuevo, regurgitando lava.

Las ciudades son más bien feas, pero son muy animadas y una mina de contrastes : centros comerciales modernos, mercados populares paupérrimos llenos de colorido, centros de belleza y masaje, puestecillos de mercaderías variadas y en ciertos casos de dudoso gusto (como los que se especializan en estatuas religiosas de plástico tamaño muñeca pepona), cadenas de comida rápida, puestos de chucherías, iglesias de fachadas desgastadas e interiores famélicos pero muy frecuentadas y anuncios de bares de alterne en la cadena destinada a promocionar la ciudad.

Creyendo llegar al primer país donde no nos íbamos a enterar de la misa la media, nos ha sorprendido encontrarnos con que todo el mundo habla inglés. Hasta los carteles están escritos mayoritariamente en este idioma, tanto en las ciudades como en los pueblos perdidos. La población, de piel broceada y ojos almendrados, es muy sonriente y madrugadora. En uno de los pueblos donde dormimos, los niños ya estaban en el cole apenas pasadas las siete, y se juzga que las 6 de la mañana es suficientemente tarde para escuchar pop-rock a un volumen suficiente como para que lo escuche todo el pueblo.
Se trata también de un país relativamente barato, en el que la gente en general es honesta y no busca engatusar a los turistas, donde no nos hemos sentido acosados, y donde a pesar de la estrechez económica de gran parte de la población y del número de considerable de armas en circulación, uno puede deambular sin la paranoia de ciertas zonas de Sudamérica.
En definitiva, las Filipinas nos están permitiendo aterrizar suavemente en Asia, y la experiencia se anuncia prometedora.
Bea
Estábamos de suerte porque, en unas pocas horas de vuelo, el panorama cambió radicalmente : pasamos de los 21 millones de habitantes repartidos en todo el territorio australiano a los 11 millones que se aglutinan en Manila, de un lugar de casas y jardines cuidadísimos al reinado de la chapuza y el descuido, de los autobuses urbanos de Sydney a los jeepneys y a los triciclos decorados al gusto del propietario (cuanto más originales y cantosos mejor) y de los gritos de las cacatúas al canto de los gallos (sonido que nos ha perseguido por todas partes, incluso en el aeropuerto y en los ferrys, donde los gallos de combate viajan en cajas de cartón individuales).
Las Filipinas es un archipiélago compuesto de unas 7000 islas. Habiendo decidido dejar Manila para el final, comenzamos nuestra visita del país buceando en los arrecifes de coral de la isla Apo. De allí bogamos hacia la isla de Bohol para admirar un curioso relieve de colinas bautizado “Chocolate Hills” y para ver el primate más pequeño del mundo, el tarsero (no más grande que la palma de la mano y que parece de manera sospechosa al personaje del Yoda). También aprovechamos la estancia en la isla para pasar unos días en la jungla, en la rivera del río Loboc. A continuación, le llegó el turno a la región de Bicol, donde fuimos a nadar con los tiburones-ballena y a ver humear el volcán Mayon, que tan sólo unas semanas antes de nuestra llegada estaba, de nuevo, regurgitando lava.
Las ciudades son más bien feas, pero son muy animadas y una mina de contrastes : centros comerciales modernos, mercados populares paupérrimos llenos de colorido, centros de belleza y masaje, puestecillos de mercaderías variadas y en ciertos casos de dudoso gusto (como los que se especializan en estatuas religiosas de plástico tamaño muñeca pepona), cadenas de comida rápida, puestos de chucherías, iglesias de fachadas desgastadas e interiores famélicos pero muy frecuentadas y anuncios de bares de alterne en la cadena destinada a promocionar la ciudad.
Creyendo llegar al primer país donde no nos íbamos a enterar de la misa la media, nos ha sorprendido encontrarnos con que todo el mundo habla inglés. Hasta los carteles están escritos mayoritariamente en este idioma, tanto en las ciudades como en los pueblos perdidos. La población, de piel broceada y ojos almendrados, es muy sonriente y madrugadora. En uno de los pueblos donde dormimos, los niños ya estaban en el cole apenas pasadas las siete, y se juzga que las 6 de la mañana es suficientemente tarde para escuchar pop-rock a un volumen suficiente como para que lo escuche todo el pueblo.
Se trata también de un país relativamente barato, en el que la gente en general es honesta y no busca engatusar a los turistas, donde no nos hemos sentido acosados, y donde a pesar de la estrechez económica de gran parte de la población y del número de considerable de armas en circulación, uno puede deambular sin la paranoia de ciertas zonas de Sudamérica.
En definitiva, las Filipinas nos están permitiendo aterrizar suavemente en Asia, y la experiencia se anuncia prometedora.
Bea

